LA MADUREZ

A menudo durante la vida nos cruzamos con personas a las que todo el mundo denomina maduras. Las personas de este tipo suelen adoptar poses respetables de seres inmaculados y sin mancha, que pasan por la vida diciendo a los demás lo que deben y no deben hacer. Se convierten ellos solos en personas superiores que han alcanzado por si mismos el estado de gracia que todo lo puede. Sin embargo la modernidad se abre paso cada vez más rápido, y los antiguos clichés y creencias sobre lo que era respetable, deseable y propio de una persona madura se han ido al garete. Hoy las personas que se aferran a los estereotipos de lo que es maduro se diluyen como terrones de azúcar en el café, pues el estereotipo y la pose encierran personas débiles y dependientes, muy alejados de la persona madura real.

La madurez auténtica es un estado interior de la persona que se basa en la seguridad en uno mismo. La seguridad  se construye día a día, se afianza y pos supuesto se solidifica. Nunca se alcanza de repente ni por generación espontánea, la seguridad se forma con el tiempo, con el trabajo y por supuesto con el esfuerzo de cada uno, de cada persona. La seguridad personal es algo íntimo y subjetivo que reside dentro de nosotros y que creamos solo nosotros.

La persona madura tiene valores y principios propios, no se los ha copiado de nadie ni nadie le ha dicho cuales debían ser la cosas importantes en las que debía creer o aspirar a tener. Los valores son algo personal e innato que llevamos dentro y nos definen como individuos. Crean nuestro punto de vista sobre las cosas y nos posicionan en el mundo real, dándonos una perspectiva subjetiva sobre aquello que nos rodea y nos obliga muchas veces a tomar una decisión. Esa forma tan personal de percibir la realidad es algo que hace a la persona única.

La construcción de la madurez es constante y diaria, y todos los días nos esforzamos por hacerla más firme y real. Construir la madurez es construir la Voluntad, mediante el autocontrol o el distanciamiento, manteniendo las distancias de aquello que no queremos que nos involucre o nos domine, con sensatez o centramiento que es actuar sobre evidencias que sean reales para todos, con autoestima y con derechos personales a sentirnos orgullosos y a cumplir nuestros roles, y por supuesto con disciplina, con la fuerza diaria de llevar a cabo nuestros planes.

Nadie nos puede otorgar la madurez, la madurez se alcanza y es un ejercicio de transformación personal que requiere conocernos a nosotros mismos y voluntad para ir en la dirección que queramos. La madurez no es una pose, es un estado real de crecimiento personal profundo y por tanto auténtico. Huir de las categorizaciones, de los prejuicios y de los estereotipos y alcanzar nuestra verdadera personalidad es un trabajo duro y diario, pero cómo dice un antiguo refrán chino “Es más fácil cambiar el curso de un río que el carácter de un hombre”.

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