UNA TORRE EN BUSCA DE SU ROL

París solo tiene una visita obligada. Pese a que la ciudad rezuma monumentos grandiosos, edificios imponentes o rincones encantadores llenos de personalidad, que antaño fueron residencias de reyes y emperadores, ministerios, jardines aristocráticos e hitos dedicados a las glorias militares francesas, ninguno de ellos tiene la relevancia de la Torre.  Todos estos sitios y lugares tuvieron una función para la ciudad y fueron diseñados y construidos para ello. Unos por necesidades de gobierno o defensivas, otros por necesidades religiosas, otros culturales y de conocimiento y otros sencillamente fueron ocupados por artistas y bohemios que los  convirtieron en lugares de encuentro.

En 1886 el ministro francés de Comercio e Industria Édouard Lockroy firmó el decreto necesario para construir un edificio que sirviera de apoyo a la exposición universal de 1889. Un año después, en 1887 la compañía del ingeniero Gustave Eiffel ganó el concurso y el apoyo económico para comenzar inmediatamente la construcción de la torre sobre el que debía girar el resto de edificios de la exposición. Diseñada por Maurice Koechlin y Émile Nouguier en 1884 y mejorado por Stephen Sauvestre, todos ellos arquitectos de la compañia Eiffel & Co., la torre fue construida en tan solo dos años y dos meses. En 1889 se celebró por fin en la capital del Sena la exposición universal, con el objeto de mostrar al resto del mundo los hitos científicos, arquitectónicos e industriales de Francia. El “clavo” de esta exposición iba a ser la torre de hierro con sus más de 300 metros de alto y edificada en un extremo del campo de Marte, frente a la academia militar de Francia.

La torre era ya el edificio más alto del mundo y lo sería durante 41 años hasta la construcción del edificio Chrysler en Nueva York. Sin embargo no tuvo el éxito esperado, incluso antes de su construcción ya se habían cebado sobre ella las críticas no solo de los parisinos sino también las de escritores, artistas y arquitectos, muchos de ellos  auténticos genios del arte, la cultura y la ciencia. El 14 de febrero de 1887 fue publicada en el periódico El Temps una carta dirigida al responsable de obras de la exposición Sr. Alphant, con el objeto de que fuera replanteada su construcción. La carta fue firmada entre otros muchos por los siguientes artistas: Charles Gounod (el compositor francés más importante del siglo XIX), Guy de Maupassant (escritor), Alexandre Dumas hijo (escritor y autor de La dama de las camelias), François Coppée (poeta y dramaturgo), Leconte de Lisle (escritor y exponente del parnasianismo), Sully Prudhomme (premio nobel de literatura en 1901), William Bouguereau (pintor), Ernest Meissonier (pintor de escenas históricas), Victorien Sardou (dramaturgo) y Charles Garnier (arquitecto de la Ópera de París y el casino de Montecarlo).

No obstante la carta sólo fue una más de las muchas protestas que tuvo que sufrir el proyecto, como entre otras las de  Léon Bloy que la denominó “trágica lámpara de calle”, Paul Verlaine “esqueleto de atalaya” o  Maupassant que dijo de ella que era un “aborto de un ridículo y delgado perfil de chimenea de fábrica”. Pese a las inmisericordes críticas, Eiffel se mantuvo firme y defendió su proyecto en una entrevista en el mismo diario que publicó la famosa carta de los artistas. Mientras que en la carta se consideraba a la torre  de “Inútil y monstruosa”, el ingeniero francés destacó que la torre “tendría su belleza propia” y establecía que “los cuatro pilares del monumento […] darán una gran impresión de fuerza y belleza“. La defensa de Gustave Eiffel de su proyecto es absolutamente maravillosa y al defender la belleza propia y la fuerza como características de la torre, hoy en día no podemos mas que maravillarnos con su certero criterio. Nadie supo ver lo que el percibió y eso le hace todavía más grande.

Pese a que la torre se mantuvo en sus sitio cuando ya había finalizado la exposición y la mayoría de los edificios que la rodeaban habían sido desmantelados, su éxito era bastante precario. No encontraban función ni justificación para que la que la torre siguiera en pie. En el año 1909 el interés por la torre era inexistente y el bajísimo número de visitantes así lo atestiguaba, por todo ello  se pensó incluso en su definitiva destrucción. Ante tal panorama Gustave Eiffel no se quedó de brazos cruzados y comenzó a promocionar el uso de la torre para experimentos científicos, lo que terminó finalmente salvando la torre. En 1898 se establece la primera conexión hertziana desde la torre, en 1909 se construyó un pequeño túnel de viento a los pies de la torre y poco más tarde comenzaron a emitirse los primeros programas de radio, siendo en 1922 la primera emisión de Radio Torre Eiffel. Con todo el verdadero éxito de la torre no llega hasta los años 60 con la aparición del turismo de masas. En el año 1963 el número de visitante supera por primera vez en su historia los dos millones de visitantes en un año. En 1998 se rebasaron los 6 millones de visitantes.

Eiffel y su torre son el ejemplo de la resistencia ante la crítica y la adversidad. En la creencia en un proyecto por el que pocos apuestan y la defensa  de unos ideales que terminan triunfando con la aparición del verdadero papel de la torre, la atracción turística. Todos necesitamos encontrar nuestro rol, nuestro papel en el mundo, ese papel que está escrito para nosotros y es la piedra angular del respeto hacia nosotros mismos y de la autoestima. Buscar y encontrar nuestro rol en el mundo es el verdadero incentivo que todos deberíamos fijarnos para alcanzar la verdadera plenitud y la felicidad.

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