RECONOCERSE

Muchos de los problemas psíquicos que arrastramos durante toda nuestra vida, vienen precedidos de un vacío emocional por carencia de atención y afecto. Estas situaciones suelen marcarnos más en nuestra infancia, y en caso de no superarlas se convierten en verdaderos traumas que en general se convierten en complejos de inferioridad y falta de autoestima. Muchas veces, los menores que las padecen, al llegar a la edad adulta suelen desarrollar personalidades agresivas, violentas y desadaptadas.

Cuando perdemos nuestra autoestima dejamos de valorarnos, querernos o respetarnos. Dejamos de estar orgullosos de nosotros mismos, nos volvemos incapaces de perdonarnos y nos sentimos personas sin importancia, sin relevancia o sin peso social.

En lo personal el vacío afectivo genera a la vez que la pérdida de la autoestima, un desorden integral al ser incapaces de identificar nuestros valores, que no es otra cosa que aquello a lo que damos mayor importancia en nuestra vida y con lo que realmente nos identificamos. Cuando no tenemos valores propios nos apropiamos de valores de otros, y terminamos haciendo la voluntad de otros. Dejamos de vernos, de percibirnos, necesitamos a alguien que nos haga sentir parte de algo para sentirnos identificados. Nuestra vida se asemeja más a un caos que a un proyecto de futuro. Nuestras metas se diluyen y perseguimos objetivos irreales o que sencillamente no nos satisfacen. Buscamos en  la aceptación social nuestra identidad.

Si en algún momento nos sentimos discriminados o quedamos fuera del grupo de pertenencia, esta ausencia de identidad nos genera miedos, angustias, temores y una sensación de vacío personal que nos impide adaptarnos a la sociedad. La persona se vuelve neurótica, se encierra en un bucle de pensamientos recurrentes que no puede romper. La eficiencia de la persona en su medio laboral, de estudios o en su entorno familiar se deteriora. No encuentra una salida a su agobio.

Pero es justo en medio de este vacío emocional y personal, cuando las  personas pueden verse, pueden reconocerse a sí mismas sin juicios de valor externos. Cuando conseguimos vernos a nosotros mismos siendo nosotros, con nuestra imagen real, dejamos de buscar valores en el exterior que nos identifiquen. Nuestros valores son los que importan, nuestras acciones son las que satisfacen nuestros valores y nosotros ya no necesitamos a nadie que nos  transmita seguridad o confianza en nosotros mismos, la confianza y seguridad está ahora en nosotros.

Cuando las personas tienen disciplina para seguir un plan de ruta que les acerque a sus metas, son capaces de  seguir adelante, tratando de conseguir aquello que les llena, sintiéndose realizadas y volviendo a recuperar otra vez las ganas de vivir.

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