EL CATOLICISMO EXPLICADO A LOS POBRES

Cómo nacido y criado en un país católico, la religión nos fue inculcada a los españoles de forma intencionadamente temprana, cuando todavía  los juicios críticos eran inexistentes, nuestras escalas de valores estaban todavía por descubrir y nuestras voluntades no manifestadas aún debían de ser convenientemente pulidas con los años. Con aquel espíritu inocente de los niños impúberes, las clases de religión católica eran expuestas por diligentes profesores cómo una amalgama de historias bíblicas sitas en la antigua Judea junto a una serie de doctrinas y credos que todos debíamos saber y profesar en cuanto el profesor diera por concluida la lección. Así de forma sorpresiva e inopinada íbamos configurando la religión católica cómo un batiburrillo de caridad, bondad, hacer el bien a los demás y compartirlo todo cómo buenos hermanos. Luego venía la comunión y parecía que todo iba a ser siempre así de fácil, pero no.

Enseguida los niños ya católicos cumplíamos los catorce años y después de la primera ostia de la comunión venía la segunda en forma de baño de realidad pero con suavidad, es decir nos la meten hasta el fondo pero con vaselina. Lo primero que aprendes es que tienes que estudiar y acabar el bachillerato, esto es inevitable pues debes de ir a la universidad, donde por supuesto debes de estudiar una carrera que pueda dirigirte hacia una profesión muy bien remunerada, en mis tiempos de bachiller se debía aspirar a estudiar en la universidad carreras como medicina, ingeniería o derecho. La idea era la siguiente, se debía terminar de estudiar y ponerse a trabajar en un despacho de abogados, un banco o en una constructora y comenzar a ganar dinero lo antes posible. El sueldo debía de ser lo suficientemente alto cómo para alcanzar ese estatus de clase media alta española. En mi época el sueldo codiciado por españoles aspirantes a clase media alta era de más o menos 500.000 pesetas al mes, ahora mismo la clase media alta debe de estar por encima de  los 60.000 euros netos anuales. Además y antes de los treinta ya se debía de haber formado una familia con dos hijos mínimo y con una diligente y sumisa esposa que debía de quedarse en el hogar cuidando de los críos y esperando ser preñada por el marido en cuanto éste volviera del trabajo. Esa era la clase de persona a la que todo niño católico debía aspirar a ser, pues la iglesia católica era encantadoramente acogedora, integradora y una sólida roca sobre la que asentar el futuro si tenías mucho dinero e hijos claro.

Así una vez pasado el tiempo, cuando nos hacemos adultos y vemos como nos ha ido en la Vida observando qué hemos logrado y que no,  las enseñanzas que nos inculcaron con el fin de condicionar nuestra existencia adquieren un nuevo significado, perverso significado si se me permite. Un ejemplo sería la parábola del hijo pródigo a la que a mí en concreto me parece una de las mayores atrocidades contada por la iglesia católica para adoctrinar a los niños. La biblia pone en boca de Jesús de Nazaret la historia de un padre con dos hijos los cuales se dedicaban, ayudados por sirvientes,  a criar numerosos cerdos en una granja. Un día el hermano menor cansado de la ingrata rutina decide que ha llegado el momento de empezar una nueva vida, así que sin pensárselo dos veces le pide a su anciano y próspero padre su parte de la herencia. El padre con mal criterio se la da y el hijo pequeño se larga a una gran ciudad donde decide vivir la vida loca o como un “libertino” como dice Jesús de Nazaret. De esta forma van pasando los meses y lo años hasta que un día el hijo menor se da cuenta de que se lo ha gastado todo y que no tiene ni para comer. Malvive en la gran ciudad y pasa hambre pues al parecer la ciudad ha entrado en crisis y ya no queda pan para tanto mendigo. Y en esas que el hijo menor se acuerda de lo bien que vivía con su padre, así que decide volver a casa  e interpretar el conocido papel del arrepentido hijo que suplica la clemencia del padre no para que le deje entrar en casa sino sólo para que le deje pastar sus cerdos. Ante aquellas palabras el blandengue padre le perdona y con lágrimas en los ojos ordena a sus criados que adecenten al muchacho y que hagan una fiesta sin escatimar gastos, con los novillos cebados para asar, vino y música por todo lo alto. En eso que se el hijo mayor regresa de estar todo el día cuidando a los cerdos e inmediatamente escucha la música y el ajetreo de su casa, pues al parecer la fiesta ya había empezado sin él, e indignadísimo como no puede ser menos le espeta a su padre todo lo que piensa del vago de su hermano, el cual después de dilapidar su fortuna con putas (prostitutas según la biblia), va y su padre le hace una fiesta por todo lo alto y encima mata al novillo cebado que ya le había pedido para asarlo en una fiesta para él y unos colegas también criadores de cerdos,  y a lo que su padre en su momento  ya se negó rotundamente y en su mismísima cara. El padre entonces le dice que todo lo suyo es de él porque vive con él en su casa y que su hermano estaba perdido y ha sido encontrado y bla bla bla…

En toda la literatura universal será difícil encontrar una injusticia más clara y crispante que la narrada en esta parábola de la biblia. O sea que por lo que a mí me parecía en su momento, el hijo mayor se pasa la vida criando cerdos en el campo para la mayor gloria de su padre y este pasa de él cuando le dice de celebrar una fiesta o hacerle algún detalle por el trabajo bien hecho, pero llega el hijo pequeño, oliendo a alcohol y hecho una piltrafa después de haberse bebido, comido y gastado en prostitutas la herencia, que trabajosamente su padre había ahorrado por cierto, y su padre coge y le hace una fiesta, y ¡encima mata al novillo cebado que había pedido el hijo mayor!, era para flipar. Nunca, me parecía a mi,  se había escrito mayor oda  a la vagancia, a la irresponsabilidad, a la ingratitud y al despilfarro como en esta parábola.

Ahora bien, hoy en día y una vez transcurrido el tiempo y echando la vista atrás, uno ya ve ciertas intenciones perversas y voluntariamente colocadas en esta historia, pues para empezar hay dos hijos, uno es el currela, el que se levanta a las seis de la mañana para cuidar cerdos y el otro es el hijo guay del rico empresario que se ha ido a conocer mundo con el dinero de su padre, en esas que el hijo pequeño se ha pasado gastando el dinero  y vuelve arrepentido a los brazos de su padre, a lo que éste generoso le PERDONA y encima le hace una fiesta porque aunque haya sido un chico malo  ahora ya esta en casa, y mientras tanto al currela que le zurzan, que ya tiene suficiente con vivir en casa del padre y comer todos los días de caliente. Si ahora miramos la historia vemos claramente como hay un beneficiado y un jodido de campeonato, el beneficiado sería el HIJO RICO y consentido de papa, que se ha portado mal pero que tiene DERECHO  a ser  perdonado, el otro sería el  OBRERO POBRE que cría cerdos y sólo  con eso ya tiene que estar contento. Así pues y visto lo visto, ¿a quien quiere más la iglesia católica, al hijo pijo del empresario de éxito o al obrero pobre y esforzado que trabaja de criador de cerdos?

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